Hoy en día, el abanico de opciones para entrenar el cuerpo es inmenso: Pilates, Barre, Body Balance, CrossFit, entrenamiento funcional, danza, artes marciales… La variedad es tan amplia que incluso el yoga, en muchos contextos, ha sido colocado junto a estas disciplinas como una más dentro del menú fitness.
No tengo nada en contra de estas prácticas.
Pilates, creado por Joseph Pilates en el siglo XX, es un sistema que busca fuerza, control y alineación a través del “powerhouse” o centro del cuerpo. Es excelente para rehabilitación y postura. Joseph Pilates lo definía como “la completa coordinación de cuerpo, mente y espíritu”.
Barre, inspirado en el ballet, combina ejercicios de barra, pilates y entrenamiento funcional para tonificar y estilizar.
Body Balance, desarrollado por Les Mills, mezcla yoga, pilates y tai chi, con un enfoque coreográfico y de bienestar general.
Todas tienen beneficios y cada una puede ser el camino perfecto para alguien en un momento concreto. Pero el yoga es otra cosa.
El yoga no nació como un método de entrenamiento. Es un sistema integral de vida con miles de años de historia, concebido para la unión del cuerpo, la mente y el espíritu.
El Hatha Yoga —de donde desciende gran parte del yoga físico que practicamos hoy— tiene raíces directas en las tradiciones tántricas del hinduismo y el budismo.
El Amṛtasiddhi (siglo XI), un texto budista tántrico, ya describía técnicas de control de la respiración, posturas y sellos energéticos (mudras) para despertar la energía interior (kundalini).
Siglos después, el Hatha Yoga Pradipika (siglo XV) enseñaba que “cuando el aliento es inestable, la mente es inestable; cuando el aliento se calma, la mente se calma”, subrayando la conexión directa entre cuerpo y consciencia.
Otros textos como la Gheranda Samhita y la Shiva Samhita recogieron métodos que integraban el entrenamiento físico con la purificación energética y la meditación profunda.
A diferencia del enfoque más mental y ascético de los Yoga Sutras de Patañjali, el Hatha Yoga es corporal, respiratorio y energético. El asana no es un fin, sino una llave que abre el camino interior.
Lo confieso: incluso quienes amamos y enseñamos yoga podemos caer en la trampa de quedarnos en lo externo. En la búsqueda del fondo, a veces nos quedamos en la forma: en la postura perfecta, en la ropa bonita, en la clase “de moda”. Es fácil que el mercado y las redes sociales empujen el yoga hacia lo meramente estético y competitivo.
Creo que todos somos, en algún momento, corresponsables de este fenómeno. Pero también creo que no debemos quedarnos ahí. El yoga es un espejo, y si la práctica nos muestra que nos hemos quedado en la superficie, eso también es aprendizaje. Nos invita a desapegarnos, a recordar que el verdadero objetivo no es hacer “la mejor asana”, sino cultivar amor propio, compasión y presencia.
Como dice el Bhagavad Gita (6:6):
Podrías entrenar fuerza en el gimnasio, mejorar tu postura con Pilates o tonificar con Barre. Pero el yoga te ofrece algo que ninguna otra práctica integra de manera tan completa:
Cuerpo: fuerza, flexibilidad, equilibrio, movilidad.
Mente: calma, enfoque, resiliencia.
Espíritu: propósito, conexión interior, claridad sobre quién eres.
El yoga, además, cultiva valores espirituales universales como la no violencia (ahimsa), la verdad (satya) y el desapego (vairagya), que orientan la vida hacia un crecimiento interior profundo y una convivencia más consciente con los demás.
La ciencia respalda esto. Estudios revisados por la Harvard Medical School muestran que la práctica regular de yoga reduce el estrés, mejora la calidad del sueño, disminuye la presión arterial y fortalece la respuesta inmunitaria. La National Institutes of Health (NIH) ha documentado su eficacia en el manejo de la ansiedad y el dolor crónico, con beneficios que van más allá de lo puramente físico.
La práctica del yoga no busca ganadores ni compara resultados. No se mide en kilos perdidos ni en tiempos batidos. Es un espacio personal donde cada respiración es un recordatorio de que estás vivo, de que tu cuerpo y tu mente pueden aprender a trabajar juntos, y de que el bienestar no se consigue… se cultiva.
Además de los efectos físicos y emocionales, el yoga abre un espacio de transformación espiritual que va más allá de la esterilla. Entre sus beneficios más profundos están:
Conexión interior: el yoga ayuda a reconocer tu esencia más allá de la mente y el cuerpo, cultivando la escucha profunda.
Sentido de propósito: al alinear cuerpo, mente y espíritu, favorece la claridad sobre quién eres y cuál es tu camino vital.
Compasión y amor universal: a través de la práctica se despierta la empatía, el respeto y el amor hacia uno mismo y hacia los demás.
Unidad y trascendencia: el yoga nos recuerda que no estamos separados, sino que formamos parte de un todo mayor.
Valores éticos y espirituales: los principios del yoga (yamas y niyamas) guían hacia una vida más consciente, basada en la no violencia, la verdad, la gratitud y el desapego.
Paz interior y ecuanimidad: incluso en medio de los retos cotidianos, el yoga enseña a mantener la serenidad y a vivir en el presente.
En los Yoga Sūtras de Patañjali se define el yoga como “chitta vritti nirodhah”, el aquietamiento de las fluctuaciones de la mente. Ese estado de calma profunda abre la puerta a una consciencia superior, a lo que algunos maestros llaman chit-ananda: la unión de consciencia y dicha.
El budismo, por su parte, habla de dukkha —el sufrimiento inherente a la existencia—, y propone el camino de la liberación a través de la comprensión de esa realidad. El yoga ofrece una vía complementaria: entrenar cuerpo, respiración y mente para trascender el sufrimiento y experimentar una felicidad profunda, estable y libre de condicionamientos.
El yoga, en todas sus ramas, tiene como horizonte la liberación (moksha). No se trata solo de liberar el cuerpo de tensiones o la mente de preocupaciones momentáneas, sino de ir más allá de los condicionamientos que nos limitan. A través de la práctica, comprendemos que no somos únicamente el cuerpo que envejece ni la mente que cambia, sino una presencia consciente capaz de observarlo todo sin quedar atrapada.
El yoga nos enseña que esta liberación no es un ideal lejano, sino un camino accesible en cada respiración, en cada acto de atención plena. Al calmar la mente y abrir el corazón, aparece una experiencia de unidad y plenitud que trasciende la dualidad de placer y dolor, éxito y fracaso, pasado y futuro.
El yoga es un camino de crecimiento espiritual que nos invita a cultivar virtudes que transforman no solo nuestra práctica, sino también nuestras relaciones y nuestra manera de estar en el mundo.
El Yoga Anandamata el yoga empieza en el cuerpo, pero no termina ahí. Cada sesión, nos entrena para vivir con más conciencia, para cuidar nuestra salud como un todo y para reconocer lo sagrado en lo cotidiano.
Por eso, si me preguntan por qué elegir yoga y no otra disciplina, diré lo mismo que siento cada vez que me pongo en mi esterilla:
Si sientes que este mensaje resuena contigo, da el siguiente paso: ven a practicar y experimenta el yoga más allá de lo físico.
Isabel Ward Escondrillas es profesora de yoga y mindfulness con mas de 20 anos de trayectoria.
Inicio su formacion en 2004 con Amable Díaz (AEPI), continuando con maestros como Danilo Hernandez o profesores como Jose Carbajal de Ashtanga Yoga.
Fundadora de su primera escuela en 2008, ha explorado diversos estilos y profundizado en la meditacion budista Theravada, organizando retiros y colaborando con universidades.
Esta certificada como instructora del programa MBSR por la Universidad de Brown. Dirige actualmente la escuela Yoga Anandamaya, donde integra anatomía, consciencia y tradicion