Durante años me sentí perdida. En ese tiempo, probé terapias, cursos, caminos. Leía, buscaba, cambiaba. Aun así, todo parecía llevarme hacia afuera. Sin embargo, un día, sin esperarlo, ocurrió algo en una simple clase de yoga.
Estábamos tumbadas en silencio. La profesora nos guió hacia una respiración más lenta, más profunda, más consciente. Entonces sentí, por primera vez, que algo dentro de mí se alineaba. No fue espectacular, ni místico, ni llamativo. Fue real. El cuerpo me hablaba. Me enseñó dónde estaba mi hogar. Como si de pronto toda la búsqueda se detuviera y me dijera: estás aquí, en ti, eres tú.
Desde entonces supe que la respiración era el camino. Cada vez que me pierdo, vuelvo a ella. Y me vuelvo a encontrar.
.